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Demasiado Johnny Depp para un buen Johnny Depp

Las buenas intenciones, así en general, tienen mala prensa. Eso y muchos refranes para desacreditarlas. Además, con ellas suele suceder lo que le ocurría al personaje de ‘Vergüenza‘ de Coetzee que apenas divisaba una, le entrababan unas ganas terribles de dedicarse al pillaje, al saqueo o a patear gatos. Somos así de agoreros. Johnny Depp, por ejemplo, se presentó el viernes a la Berlinale dispuesto a hacer saltar la banca, la de las intenciones inmejorables, y trajo de la mano ‘Minimata‘, de la que es protagonista absoluto y hasta productor. Y la pregunta que quedó apenas acabada la proyección es cómo una historia tan emotiva, determinante y digna puede congregar a su alrededor tantos lugares comunes, tantas repeticiones innecesarias, tantas sobreactuaciones fuera de tono. Probablemente, todo sea culpa de las buenas intenciones.

La película cuenta la historia del fotógrafo W. Eugene Smith y de la que luego sería su mujer Aileen M. Smith. Lo dos fueron en 1971 a Minimata, la población japonesa conocida por la enfermedad provocada entre sus habitante por la ingestión del mercurio vertido por la industria química. Lo que surgió de aquel viaje es uno de los reportajes fotográficos, publicado originalmente en la revista ‘Life‘, más conocidos de la historia del periodismo. La película, dirigida por Andrew Levitas, coloca en paralelo la degradación física, moral y alcohólica del protagonista con uno de los desastres ecológicos más impúdicamente dementes y crueles de la historia. Obviamente, se trata de un relato de redención.

Ante la prensa, el propio Depp no se cansó de señalar la importancia de lo realizado más allá de cualquier juicio o valoración. “Cintas así se hacen muy pocas veces y son necesarias”, dijo entre balbuceos con el micro prácticamente dentro de la garganta. “Es una película”, insistió, “sobre el poder de la gente pequeña y, por ello, lo que cuenta no es tanto un caso concreto del pasado sino todos aquellos del presente en los que un Gobierno o una gran corporación decide actuar sin miramientos”. Y, la verdad, es que cuesta llevarle la contraria. Y más cuando, apenas con la proyección aún en los ojos, uno corre a obtener los datos más básicos de lo que fue aquella brutalidad. La cámara de Eugene Smith se convirtió en testigo del horror ante el silencio, la amenaza y la desvergüenza de las autoridades. Y así desde 1959, cuando se probó la responsabilidad del mercurio, hasta 1971, año en el que apareció la primera sentencia que condenaba a la química Chisso.

El problema, obviamente, no está en nada del párrafo anterior. Lo que no funciona es lo que viene después, que no es más que el empeño de emborronar la obviedad con la obviedad de un director entregado a subrayarlo todo, sobreactuarlo todo y exagerar más de la cuenta. El efecto conseguido es justo el contrario al deseado. A fuerza de narrar cada segundo de gloria y desesperación del fotógrafo, lo realmente importante, lo fotografiado, acaba por transformarse en simple escenario, en excusa para la vanidad mal entendida (dando por hecho que haya una forma correcta y moderada de entender la vanidad).

ELIO GERMANO

Por lo demás, la competición empezó, por fin (lo visto hasta ahora formaba parte de la sección Berlinale Special Gala), con la primera película italiana de las dos programadas. Giorgio Diritti presentó ‘Volevo nascondermi’ (Quería esconderme) a la mayor gloria del actor Elio Germano. Digamos que la operación no difiere tanto de la propuesta de Johnny Depp. Como en ‘Minimata‘ se trata de contar la historia de un hombre frente a todos, y como en la cinta anterior, sólo importa cada gesto por fuerza desproporcionado del intérprete. La cinta cuenta la azarosa y muy sufrida vida del pintor naif Antonio Ligabue. Desde la más absoluta de las humillaciones al triunfo, para acabar de nuevo, como todos, sin remedio.

La cámara de Diritti se detiene ante Germano y ahí se queda a vivir. Toda la sensibilidad y tacto que demuestra el director para captar y convertir en un elemento casi físico el alma esencialmente libre de un hombre libre, se vuelve en contra por el desprecio demostrado ante las reglas más elementales de la medida. Se antoja contradictoria la voluntad de anular cualquier amago de narración convencional con el empeño de contarlo todo, de exhibirlo todo. Germano cae en la repetición con la misma ausencia de criterio con la que la película va y viene sin rumbo por la autobiografía del artista. De nuevo, ni las mejores intenciones, que también aquí las hay, son suficientes.